viernes, 17 de junio de 2016

CINE Y ARTE: LA DAMA DE ORO (2015)

UN CUADRO DE ORO PARA UNA PELÍCULA ALGO MENOS BRILLANTE PERO NECESARIA
Por Lucía Pérez García 



El arte es reflejo de la vida en todos los sentidos. Desde su estilo, el más personal del artista, la subjetividad, la iconografía y la simbología; el color y la forma; su conservación y sus devenires históricos. Es lo que proyecta en la vida y lo que la misma vida a proyectar en él. La historia de un edificio, una escultura o una pintura pueden cambiar con el paso del tiempo según el mundo decida, para ser recordados más por la acción humana posterior que por la intencionalidad primigenia. Es lo que ocurre con los expolios de guerra. Aquella Inmaculada de Murillo que ya no es de de los Venerables, sino del mariscal Soult. El retrato de Adele Bloch-Bauer, bautizado con el nombre antisemita de La dama de oro. 

Simon Curtis, director de la genial Mi semana con Marilyn (2011), se une a George Clooney y su The monuments men (2014) para reivindicar una parte necesaria de la historia del arte que ya fue carne de cine allá por 1964 gracias a la inmensa El tren de John Frankenheimer. Y su unión va más allá del fondo, pues ninguna de las películas, ni la de Curtis ni la de Clooney, han pasado a mayor gloria. Aun así, es de agradecer que de vez en cuando alguien decida recordar el papel que el arte ha jugado en la historia. 


La dama de oro cuenta la disputa de Maria Altman con el gobierno austriaco por recuperar uno de los retratos que Gustav Klimt hiciera de su tía Adele Bloch-Bauer, el conocido como La dama de oro desde que los nazis, allá por 1938, decidieran descolgarlo de la casa de loa Bloch-Bauer y quitarle todo rastro de judaísmo. Una lucha que se centra más en el recuerdo, el orgullo y el despecho, que en el propio hecho artístico. Algo que refleja perfectamente la película mediante los flashbacks, el regreso de Maria a Viena, y el mismo final del caso. Se puede sentir el rencor, las ansias de venganza y hasta cierto egoísmo, obviando en muchas ocasiones la condición de arte de la pintura de Klimt. 


Una pintura, el primer retrato de Adele Bloch-Bauer (1907), que supone el comienzo de la etapa dorada de Klimt, de la cual saldrán obras maestras como Danae (1908) o El beso (1908). La estética del dorado fue poseyendo a Klimt desde que rompiera con el historicismo y se uniera a la Secesión Vienesa e 1987. Se inspiró en las modas contemporáneas de su ciudad. Y fue llenándolo a partir de sus visitas a Rávena, una de las capitales del arte bizantino –no por casualidad el edificio de la Secesión remite a estos templos-. No solo el color dorado y su luz, sino el efecto espiritual de los mismos, la ausencia de perspectiva, la estilización y el horror vaqui. Una simbología que eleva el arte a un plano más allá del material y que permitía a Klimt alejarse del naturalismo y buscar su propia verdad del arte, volviendo la espalda al racionalismo institucionalizado. ¿Podría haber pensado Curtis en una fotografía levemente más dorada y un diseño de producción algo más estilizado y rico? ¿Podría haber diferenciado de este modo las dos épocas? Se intuye un intento. 


El retrato que nos ocupa encierra todas estas características, acercándose como ningún otro a las vírgenes bizantinas. Virgen, curiosa comparación para una mujer casada que, como casi todas las modelos de Klimt, tuvo una relación con el pintor. Virgen en cuanto a ensalzamiento. En cuanto a reina. En cuanto a gran mujer. Sumergida en un mar dorado infinito y carente de toda referencia. Lleno del simbolismo, masculino y femenino, de ojos que miran, como los de Klimt. Pero lleno también de esa moda que reinaba en la Viena del momento. La de la liberación de la mujer (Adele era una mujer por encima de su época), cuyos hombros quedan al descubierto y cuya figura, ornamentada con las más ricas joyas como una reina, es elevada hasta el trono. Y la de la moda, con un traje que bien podría haber salido de la tienda de Emilie Floge, gran amiga y compañera eterna de vivencias de Klimt. Lógico que Austria no quisiera desprenderse de tal maravilla y alargara la lucha siete años. Normal que la sobrina de la retratada lo reclamara, aunque solo fuera por orgullo y por sentirse tan fuerte como lo fue su tía. Como ya he dicho, los guionistas desechan la parte artística, a la que tan solo conceden unas escenas en las que vemos a Klimt pintando a su modelo. Podemos ver, sin embargo, el carácter de Adele y el detalle del collar que decora el cuello de su imagen pintada y que ella misma regaló a su sobrina, cayendo finalmente en manos de la esposa de Goering. ¿Una justificación más para vengarse? 


Klimt pintó otro retrato de Adele (1912), mucho más comedido, cercano casi al fauvismo en el color, y con un fondo lleno de motivos florales y orientales (parece que Adele fue también retratada en Judith I). Además de estos, cuatro paisajes entraron a formar parte de la colección de los ricos Bloch-Bauer, mecenas del pintor. Pero ninguno tan bello y tan influyente como La dama de oro. Pues, pese a que también le fueron restituidos, no fue por ellos por los que se libró la lucha encarnizada. En la película no juegan papel alguno más allá de su simple mención en el testamento de Ferdinand Bloch-Bauer. 

Poco más que decir aunque mucho todavía por aprender. La dama de oro es una excusa pefecta y necesaria para curiosear sobre la historia del arte y los expolios de guerra. Un buen inicio para nuestra propia y personal indagación. En cuanto a cine, no es la maravilla (no destaca especialmente en ninguno de los aspectos, aunque se inetgran todos de forma correcta y agradable) que requiere la obra de la que trata, pero tiene a Helen Mirren, perfecta para este tipo de papeles reivindicativos de mujeres luchadoras y fuertes, que fue nominada por el Sindicato de actores por su papel. El resto es cosa nuestra. 


Valoración: 6 / 10 

LA DAMA DE ORO, “WOMAN IN GOLD” (2015) 
Director: Simon Curtis 
Reparto: Helen Mirren, Ryan Reynolds, Daniel Brühl, Tatiana Maslany, Charles Dance, Katie Holmes, Antje Traue, Max Irons, Elizabeth McGovern, Jonathan Pryce, Tom Schilling, Moritz Bleibtreu, Anthony Howell, Allan Corduner, Henry Goodman 
Género: Drama, basada en hechos reales, pintura. 
Duración: 107 min. 


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