lunes, 4 de enero de 2016

CRÍTICA STEVE JOBS (2015)


Director: Danny Boyle 

Reparto: Michael Fassbender, Kate Winslet, Seth Rogen, Jeff Daniels, Katherine Waterston, Sarah Snook, Michael Stuhlbarg, Perla Haney-Jardine, Adam Shapiro, Jackie Dallas, Makenzie Moss, Afsheen Olyaie, Tina Gilton, Tom O'Reilly, Natalie Stephany Aguilar. 
Género: Biopic, informática.  
Duración: 121 min. 

Valoración: 8 / 10 
Por Lucía Pérez García  

Un dibujo y un saludo son los elementos clave del Segundo biopic del informático en dos años (documentales aparte). La rigidez y superficialidad de las máquinas quedan en un segundo plano tras una película de relaciones humanas. A diferencia de Joshue Michael Stern en 2013, a Danny Boyle no le interesa la narración lineal para contarnos los inicios del protagonista, sino el esbozo de su persona y entorno a través de tres momentos clave: los lanzamientos de Macintosh (1984), Next (1988) e iMac (1998); y tres lugares que parecen solo uno: las salas y pasillos del salón de Cupertino, el War Memorial Opera House y el Davies Symphony Hall; en los que se mueven afectos, rencores, disputas, recuerdos y reconciliaciones. ¿Las máquinas? También, pero como la parte fría y ambiciosa de un hombre que, como todos los genios, amaba más su trabajo que al resto del mundo. 

La relación de Jobs con su hija a la que tardo años en reconocer, ocupa gran parte de la película.
El siempre complicado e inteligente montaje de Boyle, su forma de colocar la cámara, y los intensos diálogos creados por Aaron Sorkin, no dan un segundo de descanso. Embotamiento mental asegurado. El espectador no puede permitirse un momento de pasividad. La interacción con los personajes es plena. El agobio y la desesperación se contagian con cada discusión (porque conversaciones, lo que se dice conversaciones, hay pocas). Y el estilo minimalista de la música de Daniel Pemberton, que aparece tan solo en esos momentos, acaba por crisparnos los nervios, empujándonos a desear la conclusión de las disputas, sea cual sea el resultado. 


Así acaba uno después de dos horas de intensos diálogos.

Fassbender, mucho menos parecido físicamente al Jobs real que Ashton Kutcher, se deja llenar por su espíritu y psicología de forma magistral, soltado las bárbaras parrafadas sin esfuerzo aparente. El actor se va desvaneciendo. Lo que queda al final es puro Jobs. Y qué decir de su compañera de viaje. Siempre impecable Kate Winslet. Capaz de sostener un combate a cualquiera. El resto del reparto no desmerece, con Seth Rogen y Jeff Daniels, demostrando que son tan válidos como cualquiera en su versión dramática, como vienen haciendo otros tantos cómicos en los últimos años. 

Fassbender, como Jobs, es el director de la orquesta.
Una historia que parece no tener final. Una vida que no dejará de contarse nunca. Steve Jobs ha llenado pantallas tanto como la cotidianeidad. Forma parte del día a día. Por eso, porque lo corriente es al final lo más interesante, Jobs seguirá apareciendo en todas partes. Finalmente, el genio ha sido elevado a divinidad. Yo prefiero elevar al Olimpo a Fassbender. ¿Y por qué no? A Winslet con él. 

Un impresionante duelo actoral.







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