miércoles, 6 de julio de 2016

CRÍTICA DE WASTE LAND (2010)

LA DIGNIDAD DE LA BASURA 
Por Lucía Pérez García 






Vik Muniz (1961, Sao Paulo) es un artista que no se reconoce como tal. Nunca quiso serlo hasta que una bala perdida le llevó a Nueva York con 22 años. El arte le dejó fascinado. Así es como Vik Muniz se convirtió en un retratista de su mundo. De sus recuerdos. Recuerdos que a veces son imágenes de otros, grabadas como un hito importante en su memoria. Iconos de masas, víctimas de la era de la reproductibilidad que cuestiona como algo personal y universal de muy distinta manera. Transmisible al resto del mundo como una pregunta: “Disfruto viendo cómo reacciona la gente […] los artistas somos mejores haciendo preguntas que contestándolas”. A nosotros nos toca interactuar con sus recuerdos y decidir si los compartimos, le devolvemos la pregunta o los seguimos desarrollando a través de nuestra propia existencia.  

“A a veces para crear algo nuevo hay que olvidar lo que significa la palabra nuevo”. Muchas de sus obras reproducen las de otros artistas: la Medusa de Caravaggio, la Gioconda de Andy Warhol, el retrato del Che Guevara… pero no como simple reproducción versión o copia, sino como parte de un significado justificado por un elemento esencial en el contexto del momento, y como parte de un estilo personal del que se han apropiado –como una forma de reproductibilidad técnica- centenares de artistas y artesanos callejeros. Hilo, azúcar, espaguetis, chocolate, agujas, arena y hasta nubes. Cualquier materia es válida para aportar simbolismo a la obra. Obras tan efímeras como reproductibles. Con un proceso creativo de ida y vuelta: fotografía, proyección-dibujo-fotografía. El original dibujado desaparece dejando todo el trabajo posterior de comunicación a la fotografía. ¿Fotógrafo? Tampoco se considera uno de ellos. Influido por el arte pop (incluyendo sus inicios en la publicidad), el arte povera, el minimalismo, el foto realismo de Chuck Close, la obra de Joseph Beuys, el cine y los propios recuerdos de su infancia y juventud en Brasil; la obra de Muniz intenta acercarse a todo tipo de personas: entendidas y ajenas al arte, de las clases altas a los más pobres.  


La documentalista londinense Lucy Walker, nominada en dos ocasiones al Oscar, por el documental pertinente y por el corto documental The Tsunami and the Cherry Blossom (2011), es experta en contar caminos vitales, de superación, transición y cambio (Devil's Playground, A ciegas, The Crash Reel). La eterna duda del documentalista ¿involucrarse o no? No es para ella una cuestión: “¿Deben interferir los documentalistas en la vida de las personas objeto de su trabajo? No creo en la objetividad […] Tu presencia está cambiando algo; no hay duda. Y tú tienes una responsabilidad”. Waste Land es una muestra clara de esta filosofía traspasada arte de Vik Muniz, cuya serie de retratos con basura (o material reciclado) de los trabajadores del vertedero de Jardim Gramacho (Río de Janeiro), sirvió para ayudar a estas personas, muchos de ellas metidas entre montañas de basura desde la infancia: “No creo en el arte que se origina en una idea o un mensaje político que luego se vuelve arte. Pensar en hacer arte para defender a los oprimidos, eso no es hacer arte, es hacer política. Si en el camino de hacer arte, de buscar concretar una idea artística, se puede transmitir un mensaje político, eso es otra cosa”. 



El trabajo que muestra el documental Waste Land recuerda a los Niños de azúcar –hito en la carrera del artista-, donde retrató a los hijos de una plantación de caña de azúcar con eso mismo: azucar. Lucy Walker, a quien el tema de la basura, como esta habla del ser humano, su transformación y cambio, así como los grandes espacios en los que se amontona, le llamaba especialmente la atención, rueda con el interés del documentalista, la pasión del cineasta, el cariño de alguien totalmente implicado y el amor por el arte. Casi sin darnos cuenta que estamos caminando hacia delante al son de la banda sonora de Moby: conocemos al artista, el contexto social de Río, la vida de los trabajadores del vertedero, como grupo, dentro de su asociación ACAMJG (the Association of Recycling Pickers of Jardim Gramacho) y como individuos, sus vidas, sus intereses (algunos realmente sorprendentes y todos menormente interesantes), sus sueños… no hay lugar para la pena y la compasión. La dignidad eclipsa el olor de la basura y cualquier vergüenza que pueda conllevar la profesión: no son basureros, trabajan con material reciclable y hacen un bien inmenso a la sociedad y al mundo. Y casi sin darnos cuenta llegamos al final, donde la emoción del proceso artístico (que se viene desarrollando desde el inicio en forma de idea y llega hasta el mismo final de la subasta, la compra, la exposición y la reproducción) se mezcla con la emoción humana. Porque un documental puede emocionar tanto como una película de ficción. Y el arte, como no, es siempre pura emoción.  


Waste Land -en mi opinión, uno de los mejores documentales sobre arte contemporaneo- es una fusión de emociones: la del mejor documental de Lucy Walker, la de una de las obras más interesantes de Vik Muniz y la de una historia de dignidad que nos enseña que la belleza está en cualquier parte. Ya lo decían los pintores realistas: todo es digno de ser pintado.  

“El momento en el que una cosa se transforma es el más bello de los momentos”. Vik Muniz, Waste Land. 



Valoración: 9 / 10 

WASTE LAND (2010) 
Director: Lucy Walker 
Reparto: Vik Muniz, trabajadores de Jardim Gramacho
Género: Documental, fotografía 
Duración: 90 min.

 

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