lunes, 20 de junio de 2016

CINE Y ARTE: TRANCE (2013)

LA PINTURA NEGRA DE DANNY BOYLE 
Por Lucía Pérez García 




Parafraseando a Forrest Gump, dijo Goya un día: “La vida es como un aquelarre, nunca sabes que bruja te va a tocar”. Si la película es de Danny Boyle, la suerte está echada. Bienaventurados aquellos que consigan salir ilesos de sus frenéticos montajes. Si además nos deja en Trance, apaga y vámonos. A lo mejor, por casualidad, así como quien no quiere la cosa, crees que te has enterado de algo. Un segundo después, volverás a pensártelo dos veces. O tres, o cuatro… hasta que verdaderamente entrés en trance. 

Goya dijo más cosas: “El sueño de la razón crea monstruos”. Danny Boyle también. Monstruos que se apoyan en pantallas divididas, por el montaje o por los encuadres de plano; en colores llamativos, en velocidad, en flashbacks, en música electrónica y minimalista de John Hodge que martillea el cerebro hasta que consigue traspasar la tercera dimensión y abrirse a su especial universo; en personajes apasionados perdidos en su propia vida. Si algo tiene Trance de diferente, es llevar las monstruosidades al extremo, utilizando como excusa los inextricables misterios de la mente humana. El olvido (con un pequeño homenaje musical diegético a la saga Bourne) y el recuerdo como armas principales. El arte como obsesión. Para el personaje de James McAvoy, entusiasta historiador de arte, y para el ladrón de Vincent Cassel. Ambos interpretados con la intensidad física propia de ambos actores. 
La emoción que el arte puede producir en un historiador puede verse en los ojos, los recuerdos, las visiones y las frases de Simon (MacAvoy). Su admiración ante una sala llena de cuadros perdidos, la forma de explicar un elemento iconográfico, el juego de convertirse en el personaje de una pintura… incluso sus más secretos sueños eróticos están relacionados con el arte. 
La obsesión del ladrón, por su parte, no tiene nada que ver con el hecho artístico, sino con el económico. Ladrones hay de todo tipo, pero los de arte siempre han tenido, en su mayoría, una sensibilidad especial. Hombres respetados del mundillo, ansiosos coleccionistas, enamorados, o al menos conocedores, de su presa. En ladrón de Vincent Cassel solo tiene de artístico el ser interpretado por el actor francés. Es un hombre de los bajos fondos, con dinero pero sin cultura. Con un plan pero sin conocimiento real de lo que significa el golpe para la historia. No ve óleo, ve billetes. Y en el arte hay muchos, pero que muchos de ellos. Y de los grandes. Allí todos tienen dinero. Lo que importa es demostrarlo. Y no hay mejor forma de hacerlo que mediante la propiedad. Y si es digna y da caché ilustre e intelectual, mejor. Dice más un cuadro que un coche. Y el dinero vuela cuando de arte se trata. El ladrón de Cassel lo sabe. 



El cuadro de la obsesión es Vuelo de brujas (1798), de Goya. El único de una serie de seis que hoy se conserva en el Museo del Prado y que, casi con total seguridad, nunca estará vendiéndose en una subasta en Londres. Si algo tiene que ver con la trama, más allá de ser el objeto alrededor del cual gira todo, es su oscuridad, la locura, los entresijos de la mente, la magia, las brujas… elementos que están representados en la historia por cada uno de los personajes principales, o hacen efecto en ellos. Rosario Dawson podría ser las brujas. El burro es siempre la ignorancia. Ignorancia de los personajes de McAvoy y Cassel, que serían los dos hombres que tras llegar a la cima, se tapan los oídos y se esconden bajo una sábana para no escuchar las voces engañosas y caer en el encantamiento, o la maldición… Goya es uno de los pintores, junto a Picasso, más citados en el cine (biopics, cuadros colgados en paredes de casas, colecciones y museos, diálogos, planos basados en su pintura y grabados, la luz y la oscuridad…). En este caso la excusa era el robo, lo que une el valor económico al artístico. Curiosamente, Goya tiene un grabado que critica los expolios de arte. 


El robo en cuestión es el que abre, de forma impactante, la película. La voz en off de MacAvoy nos va guiando por los menesteres de una subasta y los dispositivos de seguridad de las mismas. La casa de subastas, como no podía ser de otro modo, está en Londres, centro junto a Nueva York del comercio de arte actual. El tema de la seguridad pasa por el filtro del cine de acción, robos y atracos, pero tiene su lógica en cuanto a que se comprueba el entrenamiento al que se someten los propios trabajadores de la casa ante una posible situación límite, algo necesario para la seguridad del patrimonio y que no siempre se hace. El robo, es tan exagerado como eficaz dentro de una película de estas características. Ruidoso, multitudinario, en plena subasta. Nunca un ladrón de arte se hizo ver tan explícitamente, guerras y terrorismo aparte. ¿Hay secretos mejor guardados? Un día se descubren cuadros en un sótano del lugar más recóndito e insospechado. Otro día un coleccionista se levanta y ve sus paredes vacías (los recientes robos de Francis Bacon). Al día siguiente se intercepta un barco sospechoso con un Picasso (el del señor Botín)…y así sucesivamente. Pero lo que tenemos delante es puro thriller de acción. No hay lugar para robos silenciosos. 



Ni aun así no es fácil entender la película más enrevesada de Boyle. Difícil no solo la primera vez. Puedes ir a preguntarle a una bruja, puedes preguntarle a Goya o puedes preguntarle a Danny Boyle. Y si sigues sin enterarte de nada, prueba a ver la película de nuevo. A lo mejor descubres que puede ser que, quizás, por casualidad, así como quien no quiere la cosa, lo mismo sales con una idea aproximada de que va todo este lío lleno de arte.  


Valoración. 8.5 / 10 

TRANCE (2013) 
Director: Danny Boyle 
Reparto: James McAvoy, Vincent Cassel, Rosario Dawson, Tuppence Middleton, Danny Sapani, Wahab Sheikh, Lee Nicholas Harris, Ben Cura, Gioacchino Jim Cuffaro, Hamza Jeetooa 
Género: Thriller, acción 
Duración: 97 min. 

 

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