viernes, 15 de agosto de 2014

CRÍTICA UNA CITA PARA EL VERANO, “JACK GOES BOATING” (2010)

UNA CITA PARA EL VERANO, “JACK GOES BOATING” (2010), PHILLIP SEYMOUR HOFFMAN
Reparto: Philip Seymour Hoffman, Amy Ryan, John Ortiz, Elizabeth Rodriguez, Richard Petrocelli, Thomas McCarthy, Daphne Rubin-Vega, Lola Glaudini, Toshiko Onizawa.

Valoración: 3 sobre 5

PHILLIP SEYMOUR HOFFMAN NOS PIDE ‘UNA CITA PARA EL VERANO'

Por Lucía Pérez García


La sombra de Phillip Seymour Hoffman, además de grande, es alargada. Seis meses después de su muerte, aún nos sigue regalando su presencia en la gran pantalla, aunque sea con pequeñas historias como ‘Una Cita Para el Verano’, donde, además de actuar, se atreve a ponerse detrás de las cámaras, adaptando al cine la obra de Broadway de Robert Glaudini.

Bajo un cartel de aires impresionistas se esconde una historia entre la emotividad de ‘Marty’ (Delbert Mann, 1956) y los dramas realistas de Tennessee Williams. El Jack de Seymour Hoffman, como el carnicero de Ernest Borgnine, es un tipo tímido, solitario, grandote y de buen corazón al que sus amigos empujan a buscar el amor. Éstos le presentan a Connie (Amy Ryan), otra alma retraída y apocada. Ambos conectarán al momento, no obstante, su carácter les llevará a construir su relación a pasitos cortos, lentos, pero seguros. Mientras, sus amigos, el matrimonio formado por Clyde (John Órtiz) y Lucy (Elizabeth Rodríguez), seguirán el camino contrario, conformando un drama a la inversa en el que el desgaste de una larga relación, los celos, la traición, la impotencia y el fracaso minarán la ilusión y la esperanza de la nueva pareja a la que acaban de presentar, que se verá obligada a contemplar desde fuera el deterioro del amor a largo plazo.
Película pequeña sin más pretensión que la de contar una historia. Con ligero regusto a cine independiente y gran sabor a teatro en casi todos sus planos, destaca, sobre todo, por los pequeños detalles, las actuaciones y la excelente construcción de los personajes. La timidez y el miedo que descubren las miradas y los gestos de Jack y Connie llenan por sí solas la hora y media de metraje. No hace falta más. La felicidad incipiente, la buena disposición (clases de natación y cocina incluidas para sorprender a Connie) y la comprensión hacia el otro, y la espera impaciente del buen tiempo (literal y metafóricamente hablado), conforman el centro de una historia de amor y aprendizaje que, si bien no termina de emocionar y deja una sensación algo amarga, te invita a dar un paseo en barca por el lago del optimismo, siempre presente , si lo buscas, hasta en el más triste de los dramas.




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